Treviana, Leiva, Ezcaray: el mapa de La Rioja española, redibujado en el Huajuco
Ocho privadas y decenas de calles, todas con nombres prestados de la región del vino más famosa de España. El trazo no es casualidad.

Quien maneja por la avenida La Rioja, a la altura del kilómetro 268 de la Carretera Nacional, va pasando frente a una hilera de casetas color terracota. En cada una hay un nombre grabado: Treviana, Arnedo, Castroviejo, Lardero, Ezcaray, Villavelayo. No son apellidos ni santos. Son pueblos —pueblos reales, muchos de menos de mil habitantes— en La Rioja, la comunidad del norte de España de donde sale el vino que lleva ese nombre.
La coincidencia no es coincidencia. El fraccionamiento entero está tejido sobre el mapa de una región que queda a casi diez mil kilómetros. Dentro de cada sector, las calles siguen la misma regla: Enciso y Berceo corren por dentro de Treviana; Alberite le da entrada a Castroviejo; Valdemadera conecta Lardero; Torremontalbo, a Villavelayo. Cruzando los nombres con un mapa de la provincia española, casi todos existen, y casi todos quedan a un par de horas unos de otros, en los valles del Najerilla y el Cidacos.
Hay un sector que rompe un poco el patrón y al mismo tiempo lo explica: el que se llama, simplemente, Villas La Rioja. Es a la vez el nombre postal de toda la colonia y el de una privada con caseta propia. El resto cuelga de él como racimos del mismo tronco.
Nombrar una colonia entera con los pueblos de una sola región es una decisión de autor. Quien lo hizo quería que el lugar se sintiera de una pieza.
Nombrar calles es de las cosas más baratas que hace un desarrollador y, sin embargo, casi nadie las piensa. Lo común es la numeración, el árbol genérico, el prócer obligado. Elegir en cambio el santoral de una comarca vinícola del otro lado del Atlántico —y sostenerlo calle por calle, etapa por etapa— es una decisión de autor. Quien lo hizo no buscaba que cada privada tuviera un nombre; buscaba que el conjunto se sintiera de una pieza.
El detalle tiene una consecuencia práctica curiosa. Cuando los datos abiertos de mapas listan las vialidades del Huajuco, aparecen decenas de topónimos riojanos mezclados con los de las colonias vecinas. Es la única manera, a veces, de saber dónde termina un desarrollo y empieza otro: las bardas se parecen, pero los letreros no mienten. Una privada que se anuncia como Misión Silla, con la misma barda terracota, no pertenece a este mapa; le falta el apellido español.
Treviana, en España, es un pueblo de poco más de cien habitantes al pie de los Montes Obarenes. Ezcaray es una villa de montaña que en invierno se llena de esquiadores. Leiva tiene un castillo del siglo XV. Ninguno de los que viven hoy en sus tocayos regiomontanos necesita saberlo para llegar a su casa. Pero el mapa está ahí, debajo del asfalto, esperando a que alguien lo note.